Javier Colorado navega 3.000 kilómetros por el Amazonas con una canoa de madera

Javier Colorado navega 3.000 kilómetros por el Amazonas con una canoa de madera

De profesión, aventurero. "Mi trabajo es viajar y ser feliz", dice Javier Colorado, recién llegado de Las Américas. Este joven madrileño, de 31 años, colecciona en su maleta un sinfín de experiencias. Javier puede presumir de haber navegado 3.000 kilómetros por el Amazonas con una canoa de madera fabricada por sus propias manos.

Una experiencia inolvidable y un sueño cumplido. "Es algo alucinante. Este reto me ha hecho crecer como persona. Me he adaptado tanto al entorno que me he llegado a sentir parte del río. No sólo viajé por el Amazonas, yo fui el Amazonas", señala.

Aunque es licenciado en Ingeniería Química, lo que le apasiona es el deporte y la aventura. "Durante ocho meses hice prácticas en el Centro de Investigaciones Energéticas, Medioambientales y Tecnológicas (CIEMAT), pero tengo claro que lo mío es viajar. Eso me aporta felicidad y una experiencia de vida como esta no se puede guardar, lo más hermoso es compartirla", señala.

Durante cuatro meses no ha contado con más recursos que un remo y una mochila llena de ilusión. Sin apenas contacto con la civilización, tan sólo rodeado de la naturaleza de uno de los paisajes más ricos del mundo, ha atravesado cuatro países: Ecuador, Perú, Colombia y Brasil. "La gente me dice que estoy loco, pero los que me conocen saben que así soy feliz", dice. Así ha sido su periplo en canoa por el pulmón más grande del planeta.

Javier recorrió 65.117 kilómetros en 1.158 días (tres años y dos meses). "Los sueños no son para irse a la cama imaginando cómo sería vivirlos, sino para cumplirlos", dice. Pasó por 48 países. En Pakistán fue testigo de un atentado. Vio explotar un autobús en la carretera. Acabó en el hospital al ser alcanzado por una esquirla de granada."Fue escalofriante", recuerda.

Esto no le impidió seguir con su hazaña. Allí empezó todo. "Estando en Ecuador conocí a un belga (Henry) que me contó que había bajado el Amazonas en una casa flotante. Como soy un loco de la aventura me dio la idea perfecta y decidí hacerlo yo también", señala.

Javier aterrizó el 1 de abril en Quito (Ecuador) acompañado del cámara y amigo Manuel de Salvador. En Francisco de Orellana, en pleno parque nacional Yasuní (la reserva natural con mayor biodiversidad de la tierra), y con la ayuda de la comunidad Quechua '12 de febrero' fabricó su propia canoa de madera. Una embarcación de ceiba (el árbol más grande de la zona) de una sola pieza de cinco metros de largo.

"Me ayudó el carpintero del poblado (Eliceo) y tardamos dos semanas en construirla. La canoa pesaba 400 kilos y los días de lluvia más porque se metía el agua dentro". Su contacto con la naturaleza amazónica comenzó el 20 de abril en el río Tiputini (Ecuador )y su viaje terminó en Manaus (Brasil) el 23 de julio. "Allí regalé la barca a una familia que la está usando para pescar".

Comer, remar y dormir. Así han transcurrido los cuatro meses de Javier en el Amazonas. "Nos levantábamos a las nueve de la mañana y estábamos remando nueve horas al día", dice.

Javier ha perdido seis kilos. "Pesaba 76 cuando emprendí la aventura y terminé con 70. Mi dieta era a base de pescado y arroz. Algunas veces freíamos bananas y si teníamos suerte comíamos huevos", aclara. "No llevábamos ni pastillas para potabilizar el agua", añade.

Javier ha sido acogido en familias donde ha pernoctado en casas flotantes, cabañas de madera, en barcos... Y también, al raso. Cada noche en la selva creaba un refugio para dormir. "Tenía que abrirme camino con el machete para instalar el campamento. Nunca tuve miedo porque siempre encontramos el lugar perfecto para acampar, aunque sé que no dormíamos solos. Los ruidos de la noche nos envolvían. Son las cosas que tiene la naturaleza", recuerda.

En la desembocadura del Tiputini llegó al río Napo. Con el aumento del caudal, aumentaron las amenazas. Durante dos semanas sufrió tormentas constantes. "Era muy bonito ver la cortina de lluvia, pero no era tan gracioso el viento porque tenía peligro de volcar. Las olas hacían tambalear la canoa. Sin miedo no hay aventura. El reto de conseguirlo cada día me motivaba aún más. Los aventureros somos masocas, nos gusta vivir en el sufrimiento".

Durante su viaje estuvo acompañado de la fauna del lugar: "He visto peleas de monos, aves rapaces a milímetros de mí, nutrias cerca de la canoa, delfines y hasta caimanes muertos flotando, pero lo que nunca vi fueron serpientes", comenta.

La piratería en la selva amazónica está a la orden del día. Los saqueadores aprovechan la noche para atacar y robar. La franja brasileña entre Tefé y Coari es un punto conflictivo. Eso hizo que Javier tuviera que modificar su ruta y realizar los 200 kilómetros que separan ambas poblaciones en barco comercial.

"Estaba remando río abajo cuando se me acercaron en lancha cinco policías con metralletas. Venían a por mí muy deprisa. Fue un momento de tensión porque me confundieron con un narcotraficante. Me aconsejaron no seguir navegando porque era zona de piratas. En septiembre una mujer británica que estaba descendiendo el río fue asaltada y asesinada en ese mismo lugar", dice.

Gracias a este reto, The South Face, la ONG que fomenta la educación en África, y Glenfiddich, destilería de whisky escocés con la que Javier colabora en sus viajes, becarán a una joven africana de 19 años para que pueda comenzar sus estudios de Enfermería en la Universidad de Nairobi (Kenia). "Me alegra saber que podemos fomentar el cambio social ayudando a personas que quieren quedarse en su país", concluye.

Javier Colorado ya piensa en su próximo reto. En 2018 prepara la aventura de bordear a nado la paradisiaca isla de Zanzíbar, un archipiélago del océano Índico ubicado frente a la costa de Tanzania.

En este reto Javier va a nadar 300 kilómetros en dos meses comenzando en Nungwi, al norte de la isla. Su objetivo es nadar de ocho a 12 kilómetros al día.

Fuente: MARCA.com

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